martes, 21 de febrero de 2017

CRÊPES SUZETTE



Acabábamos de cenar en una tradicional  brasserie parisina, ya era tarde, anochecía, el frio, el viento y una tenue lluvia nos acompañaba mientras caminábamos conversando con nuestro amigo Paco y su compañera.

Fue en un mes de Febrero del año 1998, recuerdo perfectamente aquel viaje.   No era la primera, ni la segunda, tampoco la tercera vez que viajaba a La Ciudad de la Luz; si mi memoria no me falla, era la cuarta vez que visitaba Paris.  ¿Quién me diría que volvería en dos ocasiones más con el paso de los años?

Aquella noche, íbamos camino del hotel, cansados pero contentos de haber disfrutado de un dia intenso, de visitar monumentos, de perdernos por las calles y decididos irnos a descansar, hasta que de pronto la vimos, allí estaba, majestuosa, espléndida, elegante y a la vez fuerte, iluminando la noche parisina, La Dama de Hierro, La Torre Eiffel nos sedujo en la niebla. 

Ella ocupaba todo el espacio visible ante nuestros ojos, aquella imagen fantasmagórica, envuelta en una capa gris que abrazaba a la bella Dama, la fabulosa Torre parisina, como un faro que nos iluminaba y nos indicaba el camino, su camino....era sencillamente “Fantastique”.

Hazme una foto le dije a mi marido; si no se te va a ver...no importa, se la ve a ella, por lo menos sus luces.....


En su cima, el doble faro giraba sin cesar, iluminando tenue y constantemente el cielo gris, encapotado; parecía que se movía suavemente al compás del viento, en un ir y venir cadencioso, lento, como si quisiera bailar al compás de una vieja canción, con el suabe acento francés de  Georges Moustaki  aquel cantautor que no dejaba de escuchar sus canciones allá por mediados de los años 70.    

¡¡ Vamos a subir !! dijimos casi al unísono…..Sí, pero hasta lo más alto, hasta el máximo comentaron ellos.

(Les diré que en La Torre Eiffel dejo atrás mi eterno problema: el vértigo. Siempre he subido sin miedo, con decisión cada vez que visito Paris. Y por cierto la primera vez que la visité fue de noche y la visión nocturna de Paris desde su máxima altura me cautivó).    

Hemos subido hasta el tercer nivel, pero igual con éste viento, nublado y “chispeando” no podemos llegar, quizás no nos dejen.    ¡¡ Venga, vamos a intentarlo !!

(Por cierto, les comento que el primer nivel se encuentra a 57 metros de altura, el segundo nivel a 115 metros del suelo y desde allí parte el ascensor que lleva al tercer nivel, a 276 metros. La Torre Eiffel tiene una altura total de 324 metro mts.  El acceso se hace obligatoriamente por un ascensor, la escalera está prohibida al público a partir del segundo piso y se llega a un espacio cerrado lleno de mapas de orientación. Al subir algunas escaleras,  se llega a una plataforma exterior, a veces denominada erróneamente «cuarto piso»).

Hasta allí llegamos, estábamos solos, los cuatro, la Torre era nuestra; no sabíamos si llovía o era la humedad de las nubes que abrazaban la ciudad; una ciudad que había desaparecido totalmente a nuestros pies, mientras ella nos mecía suavemente, acurrucándonos, susurrándonos al oído que teníamos que volver.

Así lo hicimos en dos ocasiones más mi marido y yo, volvimos y llevamos a nuestros hijos .  Y a ellos, le presentamos a la Dama de Hierro, para que se enamoraran de ella, como nosotros, que quedamos prendados de ella y por supuesto, de Paris.


Viajamos por última vez en el año 2012…..mientras, pensando en volver algún dia, vuelvo gastronómicamente a Paris en “Mi Cocina”, rememorando, disfrutando de uno de sus postres más emblemáticos:  Crêpes Suzette.  Uno de los postres que más le gusta a mi marido.

La palabra “Crêpe” tiene su origen en el latín "crispus", que significa una textura plana y casi crujiente.  Originalmente, los franceses se referían a ellos como "galletas crujientes" o tortas planas.  Tengo entendido que son originarios de Bretaña, en el noroeste francés, pero sin lugar a dudas es el postre francés por excelencia.


El crepe suzette es una crêpe dulce, rellena con “beurre Suzette” (mantequilla Suzette), una mezcla de mantequilla, azúcar, zumo exprimido de mandarina o naranja, y triple sec (licor incoloro con 40º de alcohol, hecho a partir de la destilación de cáscaras de naranja). La característica de las crêpes Suzette; es el beurre Suzette, con el que se rellenan las crêpes antes de doblarlas en triángulos, que puede ser flambeada con brandy, aunque el flambeado es opcional.

Su origen, su historia en sí misma es una leyenda. Una historia que ha surgido con los años es que un chef aprendiz de nombre Henri Charpentier, cuentan que mientras estaba trabajando en el Café de París en Mónaco tuvo la idea en 1895 a los 14 años.  Según comentó el chef,  incendiar el plato fue un accidente, pero que cuando lo probó fue una "melodía deliciosa".

Henri realizó el plato para el príncipe de Gales, que luego se convirtió en el rey Eduardo VII, y le dio nombre de Suzette en honor de una dama joven que acompañaba al príncipe de Gales.       Desde entonces, los crêpes Suzette se han convertido en uno de los postres más celebrados de Francia y también son famosos en todo el mundo.  Y por supuesto, uno de los que más gustan en "Mi Cocina".

¿Cómo lo hice?

Ingredientes para los crepes (unas seis unidades aproximadamente):

2 huevos, una taza de harina, una taza de leche, 2 cucharadas soperas de coñac, 3 cucharadas soperas de azúcar, ½ cucharada de sal y 5 cucharadas soperas de mantequilla derretida.

Ingredientes para la salsa “beurre suzette” o salsa de mantequilla suzette:

4 cucharadas soperas de coñac, 6 cucharadas soperas de mantequilla igualmente derretida, una cucharada sopera de ralladura de naranja, 2 cucharadas soperas de licor de naranja triple seco y el zumo de una naranja.

Ingredientes para decorar: Helado de vainilla, frutos rojos, hierbabuena y azúcar glas.

Los pasos a seguir:

Preparar la salsa, para ello:

Poner en una sartén las tres cucharadas de coñac y prender fuego al coñac con una cerilla (aconsejo que sea larga, como las de encender la chimenea; no tener encendido el extractor de cocina en ése momento y por supuesto el máximo cuidado de no quemarse, tengan en cuenta que la llama azulada casi no se ve). (Como podrán ver en el video, le tengo mucho respeto al tema en cuestión)

Al prender fuego al coñac, remover la sartén dejando “flamear” o “flambear” (de las dos formas se puede decir) durante unos quince segundos.  Apagar el fuego, sencillamente soplando.

Pasar el coñac flambeado a una cacerolita y agregar la mantequilla, las tres cucharadas de azúcar, la mitad del zumo de naranja
Llevar a ebullición hasta que reduzca hasta convertirse como si fuese un jarabe.

Echar el resto del zumo de naranja, la ralladura de la piel de la naranja y el licor triple seco. 

Remover bien y mantener caliente. 

(Nota.- una vez frio, si no se ha usado toda la salsa, se puede guardar en el frigorífico. Volviendo a calentar cada vez que se utilice).

Preparar los crêpes:

En el vaso de una batidora echar los huevos, la leche, la harina, el coñac, el azúcar, la mantequilla y la sal, mezclando bien de forma que no queden grumos y que la masa sea lo más fina posible.

Una vez preparada la masa, echar un poco de mantequilla en una sartén antiadherente, de forma que cubra bien el fondo y calentar a fuego medio.

Echar suavemente  la masa de las crepes en la sartén moviéndola para que se esparza finamente por toda la superficie.

Dejar hacer hasta que se dore (más o menos un minuto), mientras con una pala de madera ir despegando los bordes, con cuidado de que no se rompa y que no quede pegado el crêpe a la sartén.

Darle la vuelta (lo hago con un plato llano) y dejarla por ése lado otro minuto.
Hacerlas todas si se van a consumir en ése momento (si no es así, se puede conservar en el frigorífico).  

Doblar las crepes en cuatro, rellenando generosamente con la salsa de naranja previamente, de forma que queden como un triangulo.

Emplatar espolvoreando con azúcar y salseando generosamente. 

Esta entrada quiero dedicarsela a una gran Chef francesa-andaluza y para más inri: malagueña.    Francesa de nacimiento, andaluza de adopción y malagueña de corazón.  Ella es Evelyne Rameletperiodista especializada en gastronomía y sociología europea, presentadora y cocinera de programas en televisión Canal Cocina.    Autora de libros de cocina,  escritora de la revista francesa llamada Mise en scène, colaboradora en radio Nacional de Francia y profesora de cocina (imparte clases de cocina desde hace años, tanto en Francia como España) pero ante todo una bellisima persona (ESTA es su WEB) .

Disfruten de la gastronomía francesa......degusten un delicioso Crêpes suzette.
 

viernes, 17 de febrero de 2017

CREMA DE GUISANTES Y CALABACIN



A pesar del tiempo, de los años, salvo error u omisión, casi les puedo asegurar haciendo acopio de mi memoria, que son 57 escalones distribuidos en cuatro plantas

16 puertas por las que entrar o salir, 18 ventanas que dan luz e iluminan cada rincón; 2 pequeños patios que dan vida, desde los que se pueden ver el cielo, las estrellas, la luna, con algunas plantas que aportan color y aromas y donde se reciben ésas visitas que tanto me gustan: los pajarillos a los que alimento con migas de pan.      
 
Sí, ésos son detalles de cómo es mi casa, y no, no les voy a detallar con detenimiento como es, no me quiero poner pesada y en definitiva éste lugar, ésta ventana a la nube es sólo "Mi Cocina" y debería ir directamente al grano, a la receta de hoy, a explicar como preparo ésta crema de calabacin y guisantes.

Pero si me lo permiten, les diré que mi casa  es un lugar, mejor dicho un hogar lleno de amor, de recuerdos, en los que cada rincón, cada detalle lo disfrutamos y lo vivimos cada día a pesar de que ya se va quedando un poco grande, conforme los hijos crecen y se independizan.    

Esos números que comentaba al principio, son los números en los que pienso, los que cuento incluso cuando tengo que fregar, cada vez que voy pasando la fregona por cada estancia, por cada baldosa o cada rincón.    Porque en el día a día, no me doy ni cuenta en la multitud de ocasiones que paso por cada sitio. 

¡ Cuando lo pienso, cuando comienzo la tarea, ha momentos que se me hace cuesta arriba, que me resulta duro, pero les puedo asegurar que enseguida se me pasa; hay que limpiar, como cada hogar sea del tamaño que sea, cada día, todos los días ! Máxime siendo como soy, casi podría decir que una verdadera maniática del orden y la limpieza.  Así que arranco motores y poniendo manos a la obra incluso disfruto con ello.

Quienes me conocen y han estado en casa, alguna que otra vez me han preguntado. ¿Y te da tiempo a cocinar? Teniendo en cuenta que no todo en mi vida es la casa y la cocina, dejo tiempo para otros menesteres como es escribir, publicar éste blog, independientemente de otros hobbies personales que no dejo en absoluto aparcados, les confieso que sí, que me da tiempo a cocinar tanto para el almuerzo, como la cena, teniendo a veces que hacer dos menús diferentes ¿Quién no tiene una hija que no le gusta o no quiere lo que has preparado y tiene que hacer otro plato distinto? ¿Cómo negarse?

Pero no siempre puedes hacer grandes o complicadas recetas, es menester simplificar al máximo sin restar lo más mínimo en cuanto a calidad y por qué no, también cuidando su presentación para que no sólo sea un buen alimento, sino que estéticamente sea agradable en la mesa.   Como en ésta ocasión con una sencilla crema de verduras.

Hoy propongo una receta fácil y rápida de preparar, no por ello menos nutritiva: una crema de guisantes, puerro y calabacín.

¿Cómo la hice?

Ingredientes para dos personas:

Un litro y medio de caldo de pollo (yo suelo usar caldo del puchero pinchando AQUI pueden ver la receta), un calabacín mediano, media cebolla pequeña (blanca dulce, tipo cebolleta), un trozo de puerro (la parte blanca), 100 grms. de guisantes (chícharos como les llamamos en Málaga, a ser posible naturales, aunque se pueden usar congelados), un trozo de carne de pollo cocido (del puchero), tres cucharadas soperas de aceite de oliva virgen extra, sal, 1 huevo y una rebanada de pan. 
 
Los pasos a seguir:

Desgranar los guisantes; pelar la cebolla y el puerro cortándolos en trozos pequeños, lavar bien el calabacín y cortarlo igualmente en trozos.

En una cacerola pequeña echar el aceite de oliva y pochar a fuego lento la cebolla, el puerro y el calabacín, salando previamente y removiendo durante unos minutos, procurando que no se lleguen a quemar.

Agregar el caldo y los guisantes, subir el fuego y llevar a ebullición, dejándolo cocer hasta que la verdura esté tierna (unos quince minutos aproximadamente). 

Una vez listo, apartar, pasar por la batidora de forma que quede lo más fina posible la crema  y mantener caliente.  Probar de sal y rectificar si fuese necesario.

Mientras se cuece la verdura, cocer el huevo.  Una vez cocido, pelarlo y cortarlo en trozos.

Cortar el pan en trocitos y freirlos en una sartén con aceite de oliva. Sacar y reservar sobre papel de cocina.

Trocear igualmente el pollo cocido.

Emplatar colocando para cada comensal en su plato, la crema y en el centro unos trozos de pollo, huevo y pan frito.

¡¡ Disfruten de la cocina…..y también de la vida !! Buen fin de semana.  

martes, 14 de febrero de 2017

MASA MADRE NATURAL



“Contigo, pan y cebolla”

Gracias a la fecha en la que publico ésta entrada en el blog, 14 de Febrero cuyo día se celebra la onomástica de San Valentín, el famoso “Dia de los enamorados”, he recordado la expresión que sirve de titular.    Frase o dicho que solemos interpretar como una afirmación de la fuerza que da el amor para vencer dificultades y salir adelante.


Aunque dejando atrás la deliciosa y socorrida cebolla que nunca puede faltar en la cocina, por lo menos en la mía, está de más explicar que el pan (en sentido literal y por supuesto metafórico) ha sido y en gran medida es básico para la supervivencia humana y me pongo a pensar, cuándo y quienes lo descubrieron…..y con ésos pensamientos, con ésas dudas y ganas de aprender, comienzo a buscar, a leer con ésas ansias de conocimiento que me animan a compartir.     Y una vez más, los caminos virtuales me devuelven a Egipto.


Los historiadores creen que hace más de 5.000 años antes de nuestra Era, fueron los egipcios quienes “inventaron” el pan.    Las inscripciones más antiguas nos revelan que tanto la cerveza, como el pan constituyeron el “alimento” por excelencia del Antiguo Egipto; y en las clases más humildes, el pan y la cebolla eran la base de su subsistencia.  ¿no vendrá de ahí el “contigo pan y cebolla”? No se necesita más para ser feliz con quien se quiere.     Aunque al pan, a la cebolla y a la cerveza añadían otros alimentos: los peces del Nilo, legumbres, verduras, papiros, lotos y carne en contadas ocasiones.


Los egipcios disponían de las fértiles tierras de las riberas del Nilo donde muy pronto se desarrollaron cultivos de cereales en abundancia, con ellos fabricaban buenas harinas y hacían panes de forma ovalada, cónica, redondeada, y a las que solían añadir mantequilla, leche, huevos y miel.

Dibujos egipcios de la época de Ramsés III representando el proceso de elaboración del pan.


Cuenta la leyenda egipcia que un panadero se distrajo y dejó olvidada su masa de cereales en un rincón en lugar de cocerla, de éste modo, la masa fermentó dando lugar al primer pan levado de la historia de la panadería.  ¿ O fue quizás una bebida alcohólica, cerveza derramada accidentalmente sobre una masa de pan ácimo que reposaba?  ¡¡ Quién sabe !!

Lo que sí es cierto es que un día, en el Antiguo Egipto, se produjo el ‘milagro’, el milagro de la levadura.   El caso es que se desencadenó el proceso de la fermentación, la ‘magia’ de este microorganismo unicelular de la familia de los hongos, que cada día se repite en miles de panaderías de todo el mundo y que en el fondo es pura química.

Los egipcios utilizaban panes poco cocidos, ácimos, en la elaboración de cerveza y espuma de cerveza en la elaboración del pan. También una práctica que se ha mantenido hasta nuestros días: el empleo de la masa madre en la elaboración del pan, es decir, guardar para el día siguiente parte de la masa sin cocer. Así se repetía día tras día el fenómeno de la fermentación.


Sus avances en panificación se expandieron por el Mediterráneo. Los recogieron los griegos y, sobre todo, los romanos, que transmitieron estos conocimientos a la Europa Occidental. Y además crearon hornos públicos. El pan se convirtió en alimento cotidiano, un hábito adoptado por otras regiones que no formaban parte del Imperio, y que se perpetuó durante los siglos posteriores.

Aunque con el paso de los siglos la humanidad siguió elaborando pan y disfrutando de su sabor y sus propiedades sin saber muy bien cómo funcionaban los procesos de fermentación.    Hasta que Louis Pasteur, en el siglo XIX, descubrió la ‘magia’ que esconden las levaduras.

Ya no había misterios, ni milagros, ni magia; sólo pura ciencia. La del pan.  Y mucho arte. El que cada día ponen los panaderos de todo el mundo en su elaboración para incorporar a la ciencia de las levaduras ese toque secreto de cada artesano del pan.

Dicen que no hay receta más sencilla y más conocida: la del pan.   Harina, agua, sal y levadura.

La levadura es un tipo de hongo que, frente a un almidón que ha sido hidrolizado por las enzimas en carbohidratos más pequeños −como sacarosa, fructosa, sacarosa, maltosa−, tiene la “capacidad” de fermentar la masa y producir dióxido de carbono, que crea pequeñas bolsas de aire. Así, la masa se hincha y gana volumen.

Para hacer pan pueden usar:

levadura fresca:  La encontraremos mayoritariamente en forma de dados que se deshacen con los dedos y se puede comprar hoy en dia en cualquier supermercado.

Levadura seca o liofilizada: Se trata de levadura prensada y deshidratada. La encontraremos en forma de fideos o bolitas granuladas en bolsitas herméticas.

O la masa madre:
Y en éste último apartado, es donde estaba para mi la “madre del borrego”.   ¿Qué es la famosa masa madre que mis admiradas bloggers usaban, me preguntaba yo hace años; aquella masa llena de secretos de la que hablaban como algo suyo, algo mágico, una joya única?¿Sería capaz de conseguirla, de poder tener mi propia masa madre?

Hasta ahora todas las recetas que he publicado, 19 tipos de panes (EN ESTE ENLACE) utilizaba levadura química, e incluso, con la ayuda de mi libro de Yban Yarza comencé a utilizar "poolish"; pero es hora de avanzar y seguir aprendiendo y disfrutando de ésta fantástica experiencia que es hacer pan casero: tenia que hacer la masa madre. (el libro lo tengo en mi cocina desde el año 2003)


Al principio me daba un poco de respeto e incluso miedo.   Lo intenté en varias ocasiones no obteniendo el resultado satisfactorio (uno de los problemas era que utilizaba harina de trigo normal y corriente), no tengo paciencia (me suele decir mi marido). Y es cierto, no lo hacía bien, tardé, a pesar de que intentaba seguir los pasos de mi admirado Yban....

Soy muy torpe, me decía, hasta que me convencí que tenía que usar integral, aunque en realidad he de confesar que también necesitaba tiempo y paciencia para conseguir que surgiera la magia: que se desarrollen los microorganismos, las bacterias en "Mi Cocina".

Masa madre. ¿Y eso qué es? Se preguntarán algunas personas, al igual que yo hacía años ha.   Intentaré explicarlo lo más escuetamente posible:


La masa de pan (básicamente harina y agua) crece y se convierte en esas fantásticas hogazas debido a los gases que crean una red de burbujas, más o menos pronunciadas, en la masa. Esos gases se producen en lo que se llama la fermentación, un proceso en el que un hongo (que conocemos como levadura) se alimenta de los azúcares de la masa y libera dióxido de carbono.  Cuando se mezclan con agua, harina y algo de calorcito, las levaduras se multiplican de forma exponencial.


La harina y el propio ambiente tienen suficientes de esas bacterias para iniciar el proceso solo con añadir agua.   Eso es la masa madre. Un fermento natural que permite prescindir de las levaduras industriales y que, como contrapartida a dar origen a un pan repleto de sabores y aromas, obliga a ralentizar su fermentado, a invertir cuatro o cinco horas de espera (incluso más) allí donde las levaduras artificiales fermentan una masa en 50 minutos o una hora. ¿Merece la pena? Toda la comunidad panarra está convencida. Sí.

Cada maestro panadero tiene su receta de masa madre, un fermento que, además, se perpetúa en el tiempo, de manera que existen profesionales de larga tradición panadera,  con masas madre con décadas de antigüedad.

La receta

Es la que propone Ibán Yarza en su superventas 'Pan casero', libro que me compré en el año 2013 y del que he disfrutado muchas de sus recetas, pero no conseguía tras varios intentos conseguir la masa madre (solía decir que me sale “madrastra” en recuerdo del cuento Blancanieves), hasta que la hice con harina de trigo integral.  
(Los intervalos deben ser de 24 horas).

Día 1. Mezclar en un recipiente que pueda cerrarse (un tarro de mermelada o de mayonesa o similar) 80 gramos de harina (Iban Yarza indica que utiliza harina integral de centeno, que fermenta muy bien) y 110 gramos de agua.  Yarza defiende que las cantidades son irrelevantes, que la masa madre se crea tanto en formato líquido como más de puré o papilla. Se mezcla, se tapa y se deja a temperatura ambiente en casa, en un lugar no muy frío.
Día 2. Posiblemente no habrá pasado nada.
Día 3. Seguramente tampoco habrá pasado nada. Empezará a oler a fermento, a bodega vieja, a sidrería. Es momento del primer ‘refresco’ de la masa madre. Se hace así: Se retira y se desecha una parte de la mezcla que tenemos, algo más de la mitad. Y se vuelve a completar con harina y agua, hasta darle el volumen y la textura inicial. Es decir, dos o tres cucharadas de harina y un poquito de agua. Se vuelve a tapar y dejar a temperatura ambiente.

Día 4. Se repite la operación del día 3.

Día 5. Es probable que la masa crezca en determinados momentos y se hinche, creando agujeros claramente apreciables.
Se vuelve a refrescar de la misma forma.

Día 6. La masa debería estar ya en disposición de crecer en poco tiempo, doblar su volumen en dos o tres horas, lo que indicará que está lista para ser utilizada.



Se puede conocer haciendo una marca a la altura de la masa tras el refresco, y comparándola con su altura dos o tres horas después. Si crece de forma muy notable, está lista para hacer pan.

Necesitarás una cantidad u otra en función de la receta que elijas, así que tenlo en cuenta antes del último refresco para conseguir la suficiente.

Almacenar la masa madre
Si se usa a diario, se puede mantener a temperatura ambiente, refrescándola de forma permanente. Si se hace pan el fin de semana, o cada quince días, lo mejor es dejarla tapada en el frigorífico (estará a unos cuatro grados), donde las levaduras se aletargan y apenas trabajan. Antes de volver a utilizarla, habrá que 'reactivarla'.
Reactivar la masa madre:
Un par de días antes de hacer pan, toma una o dos cucharadas de la masa madre y mézclalas con 100 gramos de agua y 125 gramos de harina blanca de trigo.  Déjala a temperatura ambiente 24 horas y repite la operación: retira tres cuartas partes de la nueva mezcla y vuelve a añadir 100 gramos de agua y 125 gramos de harina. Para el día siguiente, habrá fermentado y ya podrás pensar en qué receta vas a hacer.

Si necesitan, por ejemplo, 200 gramos de masa madre en tu receta, haz 300 gramos de masa madre, con una proporción de 80 gramos de agua por cada 100 de harina.

Utilizarán esos 200 gramos y, los 100 que sobran, serán los que debas guardar en un frasco para hacer pan la semana siguiente y perpetuar así tu masa madre.

Así que, sin lugar a dudas, con mi libro de Ybán Yarza de referencia, les animo a crear su propio fermento, “su masa madre” y así hornear un pan único, propio….
Yo lo haré próximamente, lo compartiré con quienes siguen “Mi Cocina”, entonces rendiré nuevamente un homenaje a nuestros antepasados egipcios, ayudándome a entender una vez más cuánto nos hemos alejado de aquella sabiduría y procurando volver una y otra vez a la cocina tradicional, a la que usaron y transmitieron nuestros ancestros.

Pronto, haré pan con masa madre que de momento "duerme" placidamente en mi frigorífico, la reactivaré, la despertaré y disfrutaremos juntos haciendo pan con mi masa madre.
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