Era temprano, aún brillaban las primeras luces del alba cuando salté de la cama, la “caló” no me dejó dormir bien, el “terrá” se había quedado en aquellas calles polvorientas que parecían un horno.
En el poyete de la cocina, aún colgados de un verde junco, nos esperaban los tejeringos recién comprados por mi madre. La leche hervía mientras ella cogía la espesa nata con los dedos y con glotonería se la llevaba a la boca y yo la mirada embobada, esperando que mi vaso de leche no tuviera ni un trocito de ése blanco, para ella, manjar.
Desayunábamos rápido mi hermano y yo, nerviosos porque nos íbamos a dar el primer chapuzón del verano. ¡ Ya podíamos ir a la playa ! La mar estaba bendecida por la Virgen del Carmen. Era 17 de Julio y un día antes, en una jábega, los marengos la introdujeron en la mar.
Había que aprovechar la creencia popular: De Virgen a Virgen. Nos quedaba aún días de juego, de baños, de risas, de chapuzones hasta el quince de Agosto, día de la Asunción. Aunque recuerdo que llegábamos hasta final de Agosto, unos días antes que empezara el colegio.
Con mi bañador rojo, de bullones parecían haber estirado de un año para otro, las chanclas recién compradas parecían grandes para mis pequeños pies. De la mano mi hermano, aún con tres años lo llevaba de la mano, mientras la chiquillería de mi calle me ayudaba con nuestro flotador, negro como el tizón, de olor a goma quemada, inflada con cuidado para que no explotara; era la cámara de la rueda de uno de los autobuses que conducía mi padre.
Cruzábamos las vías del tren y por el callejón que daba a Casa Pedro, llegábamos al rebalaje, entre barba y barca nos sentábamos en los negros chinorros, cuando no en las redes de los jabegotes tendidas al Sol casi en las orillas de aquella playa de El Palo buscando la sombra.
¡ Hay que presignarse antes de entrar en el mar, no lo olvides ! Y despacio, primero mojándonos los pies hasta los tobillos, después el cuello y los brazos, poco a poco, hasta que alguien comenzaba a chapotear a todos. Los gritos, los saltos y las risas eran nuestros momentos felices agarrados a la negra goma. ¡ Cuidado, no iros para adentro que no hacéis pie !
Mientras mi madre, con mi hermano en la mismita orilla, le tomaba de la mano y al descuido, tapandole la nariz y la boca, le echaba para atrás y le hacía “la zampullá”. Había que mojarse la cabeza, era malo que la calentara el Sol. Lo enrollaba tras restregar su cuerpo con aquel trozo de tela de morsolina morena. En ratito “pa” la casa me decía mientras dando media vuelta ella iba de camino con mi hermano en brazos.
Un baño de agua muy fría de los cántaros enjuagaba mi cuerpo, el paño blanco me secaba mientras ella ponía la mesa. Potaje de lentejas, con una "pipirrana" para acompañar, unas sardinitas en aceite y de fruta uvas moscatel de la Axarquía o los maravillosos duraznos (melocotones) de Periana.
Y el día avanzaba en la semi oscuridad de nuestra casa, con los postigos cerrados intentando paliar el “terrá” que se enseñoreaba por Málaga durante tres días o más, de aquellos veranos de mi niñez. Mientras sonaba en la radio canciones que transmitían historias de amor, desamor, esperanza y sueños de una época lejana, finales de los años 50.
Canciones que aún canturreo, que me transportan a mi niñez, un viaje inolvidable en el que aún me veo con aquel bañador rojo, de bullones, en aquellas playas de El Palo.
Y hoy, me vuelvo a su cocina, veo en mis manos sus manos mientras voy limpiando las sardinas, las más pequeñas de mi pescadero Antonio Soler, del Mercado de Huelin, las que ella conseguía recién sacadas del copo, de los sardinales paleños, para hacerlas en aceite de oliva virgen extra (la receta EN ÉSTE ENLACE: SARDINAS EN ACEITE DE OLIVA VIRGEN EXTRA ) para que se conserven durante algunos días.
Y con ellas y una pipirrana, un sencillo “picaillo” de tomates, pimiento y cebolla, a veces añadiendo pepino para darles más frescor y sabor. Todo muy picadito, aliñado con sal, vinagre de vino y aceite de oliva virgen extra. Las cantidades al gusto del comensal.
Y así, con las “manolitas” (sardinas pequeñas) ponemos en mi mesa un plato único, sencillo, tradicional que nos traslada a las humildes cocinas de nuestras madres, a las recetas populares malagueñas que a mí personalmente no sólo me alimenta el cuerpo, también el alma.
¡ Dieta mediterránea, recetas veraniegas, sabores y aromas de mi tierra´y de la mar, Málaga !




















































